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¿Quién fue Arrio y que enseñaba?, ¿cuáles son sus obras y doctrinas?, ¿Que significó el Concilio de Nicea para él? En esta biografía sobre Arrio de Alejandría te contamos lo que necesitas saber sobre este personaje.

Arrio y el arrianismo

¿Quién fue Arrio de Alejandría?

Arrio fue un asceta, presbítero y sacerdote de la iglesia de Baucalis, en Alejandría, Egipto, Su origen posiblemente fuese libio y vivió entre los siglos III y IV.

Discípulo de Luciano de Antioquía, se enfrentó a su obispo proclamando que Dios —el Padre— había creado de la nada a su Hijo. Por tanto, para Arrio hubo un tiempo en que el Hijo no existía tan solo era una criatura de Dios y no era Dios mismo. Para el heresiarca del arrianismo —un heresiarca es aquel a quien se considera el primer autor o líder de una herejía— el Hijo era divino,  pero esta divinidad no era de la misma magnitud que la del Padre, por lo tanto no se le podía llamar Dios Verdadero.

Estos postulados hicieron que el patriarca Alejandro lo excomulgase en el año 319.

¿En qué consiste la herejía arriana?

Su doctrina se conoce como arrianismo, aunque esta  ya existía antes de Arrio. Así, en las obras del obispo de Antioquía, Pablo de Samosata —de hecho se piensa que fue a partir de este de quien desarrolló sus teorías Arrio— o en Tertuliano nos encontramos una creencia análoga a la de Arrio, en las que se defendía que el Hijo de Dios no existía antes de ser engendrado. También en Justino Mártir se encuentran postulados similares a las de Arrio, al igual que en Orígenes.

La defensa del arrianismo fue asumida por diversos líderes eclesiásticos, como Eusebio de Nicomedia, quien llegó a ser confesor del emperador Constantino I el Grande. Y es que al igual que otros movimientos heréticos de la antigüedad como el donatismo, pelagianismo o el jansenismo, el arrianismo contó con importantes seguidores entre sus filas.

El destierro de Arrio

Sin embargo, el aumento entre sus seguidores comenzó a preocupar al emperador Constantino, quien decidió convocar un sínodo en la ciudad de Nicea que fue presidido por el obispo Osio de Córdoba. Bajo la influencia de San Atanasio, el nuevo patriarca de Alejandría, el arrianismo fue condenado como herejía por el Concilio de Nicea en el año 325.

En este sínodo de obispos se reafirmó la doctrina de la consustancialidad del Padre y del Hijo —de la misma sustancia—, por lo que Arrio y sus seguidores fueron exiliados y excomulgados, aunque otros concilios posteriores restauraron el arrianismo como doctrina legítima de la Iglesia. La condena definitiva llegó en el Primer Concilio de Constantinopla celebrado en el 381.

Posteriormente el arrianismo pervivió entre los godos y otros pueblos germánicos. Arrio era un predicador popular y se decía que sus sermones eran cantados y repetidos por la gente del pueblo. Su obra principal fue Talía, hoy desaparecida, al igual que el resto de sus libros, que fueron quemados y proscritos, aunque fragmentos de sus textos han perdurado en las obras de sus detractores y gracias a ellos su pensamiento se ha podido reconstruir hasta cierto punto.

La muerte de Arrio

Tiempo después del Concilio de Nicea se permitió a Arrio y sus seguidores volver a sus casas. El emperador Constantino ordenó al obispo de Constantinopla que recibiese a Arrio, a pesar de las reticencias de este, pero poco después Arrio murió en extrañas circunstancias —probablemente envenenado por sus adversarios— en 336, justo un día antes de ser readmitido en la comunión de la Iglesia.

Sin embargo, la muerte de Arrio no pudo frenar la expansión del arrianismo. Incluso el emperador Constancio se declaró abiertamente arriano y se dedicó a perseguir el cristianismo a la vez que impulsaba las doctrinas de Arrio en nuevos concilios celebrados en Arlés o Milán.

Obras de Arrio

No nos ha llegado ninguno de los escritos de Arrio de manera directa, sin embargo, se conocen fragmentos de su obra Talía —que significa abundancia—, por las citas hechas por uno de sus principales críticos Atanasio de Alejandria. Tal es el caso de esta cita en la obra Orationes contra Arrianos (I, 5-6).

Las lindezas aborrecibles y llenas de impiedad que resuenan en la Talia, de Arrio, son de este tipo: Dios no fue Padre desde siempre, sino que hubo un tiempo en que Dios estaba solo y todavía no era Padre; más adelante llegó a ser Padre. El Hijo no existía desde siempre, pues todas las cosas han sido hechas de la nada, y todo ha sido creado y hecho: el mismo Verbo de Dios ha sido hecho de la nada y había un tiempo en que no existía. No existía antes de que fuera hecho, y él mismo tuvo comienzo en su creación.

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Fuentes y referencias:

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